Día 831 (23/2/2012): Mata-ki te vaikava (ojos que miran al océano). Parte 2.

(continuación del reporte del día anterior)

Gracias a su fuerza, y destreza como talladores de piedra, los tangata hanau e’epe dieron un fuerte empujón a lo que parecía uno de los principales pasatiempos de los otros, la creación de unas efigies con rostro humano que denominaban Moai. No entendían muy bien el motivo, pero veían que les hacia felices, así que sin más se afanaban en la tarea, como pago a la hospitalidad de sus anfitriones.

Los tangata hanau momoko, desde la llegada de los visitantes de ultramar, se sentían más fuertes y poderosos que nunca, habían incorporado a su estirpe una veintena de colosos que les permitiría llegar hasta donde nunca habían llegado, era el punto álgido de su civilización, un regalo de los dioses.

Ambos pueblos pasaron mucho tiempo compartiendo su cultura y sabiduría, sus rituales y creencias no eran tan diferentes, aprendieron mucho el uno del otro, dando como resultado una sociedad mucho más rica y avanzada.

El tiempo fue pasando y la vida discurría en paz y armonía, parecía que había sido así desde el origen de los tiempos. Los e’epe tenían mucho éxito entre las mujeres momoko, no había noche en que no tuvieran compañía, se diría que las disponibles querían hacer una prueba exhaustiva, y alguna de las no disponibles también. Mata-ki no era ajeno a esta situación, las nativas eran realmente bellas y complacientes, pero en su foro más interno, donde no entra nadie y solo están los sueños, seguía Anakena. Todas las tardes iba a la playa de arena blanca en la que desembarcaron, contemplaba la puesta de sol, observando el océano y el horizonte, esperando vanamente la aparición de una embarcación en la que tal vez pudiera llegar ella. Algunas noches se quedaba despierto, inventando formas con las estrellas, se quedaba dormido recordando su olor y el tacto de su piel.

¿Y por qué Anakena? Era capaz de explicar la mayoría de las cosas que sucedían en su universo más cercano, pero no el porqué de Anakena. No sabía si le correspondía, ni si podría ser feliz con ella, pero sí que era el ser más maravilloso que hubiese conocido jamás, a veces los dictados del corazón no son lo más lógico del mundo.

Un hombre se debe a su destino, y Mata-ki no era de los que dejaban las cosas a medias, desde su llegada nadie había comentado nada acerca de su misión, es más, parecía que todos la habían olvidado, el tiempo iba pasando y llegó el momento de aclarar las cosas.

Sabía que podía ser motivo de cambios en la buena relación establecida, y que muy probablemente fuera un esfuerzo estéril, pero si sientes que debes hacer algo, hay que hacerlo y asumir los daños colaterales, uno debe ser coherente consigo mismo.

Una mañana se presentó en la choza del Ariki, tenía que hablar con él. Mata-ki le explicó de forma detallada los motivos que les habían llevado hasta allí, y cuáles eran sus órdenes. El rostro del Ariki fue un fiel reflejo de miedo y desengaño a la vez, muy serio le pidió que abandonara su choza y todos los e’epe se marcharan del poblado, tenía que meditar acerca de qué medidas tomar.

Los navegantes se replegaron en un punto estratégico y se prepararon para lo peor, empezaron a fabricar armas y establecer defensas. Algunas miradas de incomprensión se dirigieron a Mata-ki, pero nadie osó hacer ningún comentario, tenían claro que ese era su deber. Aunque cada uno de ellos pudiera luchar por 4 ó 5 de los otros, la superioridad numérica era aplastante, en caso de guerra su suerte estaba echada, pero venderían cara su piel, el valor y orgullo como pueblo estaba en los genes de su raza.

El inicio del conflicto armado no era una decisión fácil para ninguno de los dos líderes. El Ariki temía la dominación de invasores, pero no quería exterminar a los que habían facilitado su desarrollo. Mata-ki tenía que garantizar la seguridad ante una eventual llegada de los suyos, pero tampoco quería embarcarse en una lucha suicida con los que hasta ahora les habían acogido como hermanos.

Estando las cosas así, Mata-ki tuvo una brillante idea, los momoko eran apasionados de las competiciones y existía un ritual que parecía el más importante para ellos, la llegada de los pájaros fragata, cuyo anidamiento en los motu (islotes) situados frente al volcán Rano Kau anunciaba la primavera. Según sus cálculos quedaban pocos días para que se produjera este evento, así que propondría dirimir sus diferencias viendo quien era capaz de traer antes un huevo de la venerada ave, partiendo y regresando desde el santuario de Orongo, en la cima del volcán.

Fue muy suspicaz a la hora de plantearlo, lo hizo delante de todo el consejo, además, a pesar de contar entre sus filas con candidatos más atléticos, propuso desafiar él mismo al primogénito y heredero del Ariki, competidor accesible, ya que en la isla había hombres cuya agilidad no tenía parangón, no le convenía una selección abierta. Cuando todas las miradas se dirigieron al Ariki, éste sabía que un nuevo orden se estaba estableciendo en el equilibrio de poderes, pero no podía decir que no, así que asintió, aceptando que el vencedor fijaría las reglas hasta la nueva primavera.

La mañana en que los manu (pájaros) llegaron, los candidatos estaban listos al borde del acantilado. La tensión y adrenalina flotaban en el ambiente, todos los habitantes contemplaban expectantes un duelo que podía ser a muerte. Un largo y profundo grito ritual anunció la salida, los dos competidores se lanzaron a la pared para iniciar el descenso.

El hijo del Ariki era muy rápido, y a pesar de tener unas extremidades más cortas, las movía con tal celeridad que Mata-ki no era capaz de distanciarse de él. Llegado un punto, comprendió que siguiendo su mismo camino nunca conseguiría vencerle, además contaba con la ventaja de conocer el terreno. Una idea arriesgada se le ocurrió, recordó como en su isla natal había unas rocas que desde niños les servían de plataforma para lanzarse al mar, a costa de muchos barrigazos consiguió desarrollar una buena técnica de salto al vacío. La altura era descomunal, era una locura, pero son los locos los que cambian el mundo, para ganar hay que arriesgar…

En cuanto llegó a un lugar adecuado se puso en pié, estiró los brazos, cerró los ojos y se impulsó con todas sus fuerzas. Mientras caía, por su cabeza pasaron mil pensamientos, su pueblo… la misión… ¿y cómo no?, Anakena… No temía a la muerte, cuando vives intensamente cada día ajustas cuentas con tu suerte, y tal vez fuera el camino más corto para fundirse con su musa…

El brutal impacto con el agua le hizo volver a la realidad, tras décimas de segundo se dio cuenta que, aunque con dolores, estaba entero y podía nadar, era momento de seguir concentrado.

Desde lo alto del volcán, la multitud gritó con pavor cuando lo vieron arrojarse al vacío, sin embargo, cuando lo vieron emerger, comenzaron a exclamar: «tangata manu… tanganta manu…» (hombre pájaro), tal vez también por la forma que adoptaron sus brazos al volar.

Había conseguido una cierta ventaja, pero no estaba todo hecho. Llegó extasiado tras nadar hasta el borde de la pared del motu, sin recobrar el aliento inició su ascenso. Manos y pies se cortaban con la roca volcánica, pero no había tiempo para el dolor. Miró hacia arriba, detectó el nido más próximo y trazó mentalmente el recorrido óptimo. En poco tiempo tenía el huevo afirmado a su frente y estaba listo para regresar. Buscó con la vista a su contrincante, no lo podía creer, le llevaba ventaja.

No tenía otra opción, volver a saltar, esta vez desde más altura y con el riesgo de romper su preciado tesoro en la caída, se jugaba todo a una carta, eso o la derrota, tomó su decisión sin saber si era la correcta o la última.

Varió la técnica de impacto con el agua, colocando los brazos estirados frente a su cara mirando al cielo, tratando de crear un tubo de protección al huevo, con piernas estiradas y juntas, además de los dedos de los pies apuntando hacia abajo, era un auténtico dardo humano. El dolor fue insoportable, quedó casi inconsciente sin poder respirar, sospechó alguna fractura o descoyuntamiento de articulaciones.

Se volvieron a oír gritos en Orongo, ahora si apostaban a que se había matado, las lágrimas comenzaron a brotar en los ojos de algunos e’epe, también en los de alguna momoko. Todos contenían la respiración mientras escudriñaban el océano buscando el emerger de una cabeza, o un cuerpo inerte flotando.

Súbitamente una figura apareció en la superficie con la fuerza de un delfín cuando salta, era Mata-ki, su rabia y fuerza interior le dieron energías para continuar, o lo conseguía o reventaba.

En ese momento se acabó la supuesta neutralidad y las emociones contenidas, los espectadores comenzaron a animar con fuerza a su representante favorito, y no solo los e’epe estaban con Mata-ki.

Tras el sprint a nado afrontó su última dificultad, ascender el acantilado del Rano Kau, el volcán. Brazos y piernas flojeaban, apenas podía respirar, pero su coraje alimentaba los músculos. Cada vez el primogénito del Ariki se acercaba más y más, tuvo sus dudas, pero no se dejó amilanar por ellas.

Los últimos metros fueron realmente emocionantes, Mata-ki venció in extremis situando el preciado huevo de pájaro fragata a los pies del Ariki, después se desmayó. Gritos de júbilo y vítores retumbaron en todos los rincones de la isla, tangata manu, el hombre pájaro, reinaría hasta la siguiente primavera.

Durante su reinado, Mata-ki trató de ser justo y continuista con el régimen establecido, proclamó la igualdad entre todos los habitantes de la isla, así como la posibilidad de acoger a nuevos e’epe como ciudadanos de pleno derecho, en el caso de que llegaran de ultramar. Solo se permitió una licencia, bautizar la playa norte, a la que llegaron, con el nombre de Anakena, algo que no fue entendido, pero que tampoco importó tanto.

Nunca se volvió a presentar a tangata manu, aborreció las intrigas del poder y se retiró a vivir tranquilamente en el norte de Rapa Nui, como los nativos denominaban la isla. Siempre fue un miembro respetado de la comunidad, cuya opinión se tenía muy en cuenta, la sombra de ser el primer hombre pájaro jamás le abandonó.

Fue feliz, tuvo esposas, a las que amó en cuerpo y parte de corazón, e hijos, a los que quiso con ternura y trató de transmitir su sabiduría y valores, de hecho, varios llegaron a ser tangata manu.

Siguió yendo todas las tardes a la cita con la puesta de sol en la playa de Anakena, en silencio, con la vista fija en el horizonte, daba gracias a la vida por haberle permitido una existencia tan singular. No había ningún día que no recordara al amor de su vida, sin haberlo sido, no había ocaso que no se imaginara junto al ser que le hechizó el alma. A veces, divisaba un punto en la lejanía y le daba un vuelco el corazón, hasta comprobar que no era más que una ola o una sombra en el mar. Otras, le entraba una tentación irresistible de adentrarse en el océano en busca de ella, pero su sentido común, y sus responsabilidades paternales le aplacaban. La distancia y el tiempo son para el amor lo que el viento para el fuego, apaga los pequeños y aviva los grandes, y el suyo estaba más vivo que nunca.

Se dice que el Moai ubicado en solitario al borde de la playa de Anakena, sobre la colina, es Mata-ki te vaikava, ojos que miran al océano, persona sabia y valiente, primer hombre pájaro, que vivió acorde a sus sentimientos y sentido del deber, aunque eso implicara arriesgar su vida, aunque implicara sufrir por el amor de quien ya no tenía.

Su primogénito, en su lecho de muerte, fue el primero en conocer la auténtica historia de su vida, hasta ese momento no compartió con nadie sus más íntimas reflexiones. Le pidió que se transmitiera de generación en generación, no por pervivir en el tiempo, si no para aprender de su experiencia.

Después de haber escuchado esta narración, mientras caminaba hacia el Bahari, no paraba de darle vueltas a lo que el Rapa Nui me había contado, ¿sería cierta? ¿la recuerdo tal y como me la contó? ¿o la he soñado?…

No lo sé, lo que sí es cierto es que, a veces, hombres normales pueden hacer cosas especiales, y que los sentimientos muchas veces superan a la razón. Sea como fuere, la contaré siempre que pueda, en memoria de Mata-ki te vaikava, y seguiré soñando, porque si no fuera por eso, no estaría aquí…

Sed felices.

Kike

PD: a las 23:30 GMT del día 23 nos encontramos en 26º 39′ S, 118º 43′ W, navegamos rumbo 271º a 6,5 nudos de velocidad. Viento del NNW de unos 15 nudos nos permite ir a vela, eso sí, ciñendo. Hemos recorrido 512 millas desde que zarpamos de Isla de Pascua, nos quedan 621 para llegar a la Isla Pitcairn.

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