Días 902 y 903 (4 y 5/5/2012): La isla de Marlon Brando

Tetiaroa, una pequeña joya en el Océano Pacífico, no en vano este precioso atolón fue históricamente la residencia privilegiada de la familia real Pomare de Tahití y posteriormente, en 1966, su propiedad pasó a manos Marlon Brando.

El actor la compró tras el rodaje de la película “El motín de la Bounty”, y de casarse con su protagonista femenina originaria de Tahití. Hasta su muerte, en 2004, albergó una pequeña pensión en la que los huéspedes podían vivir como Robinson Crusoe en el paraíso, además de ser escenario de algunos de sus momentos de retiro. Sus herederos cesaron sus actividades y se planificó la construcción de un eco-resort de lujo, pero parece que problemas legales han demorado el proyecto indefinidamente.

A día de hoy la única forma de llegar a esta maravilla de la naturaleza es en barco, solo algunos pescadores y ocasionales veleros de charter de pequeño tamaño la visitan.

El atolón se sitúa a 60 Km al norte de Tahití, está formado por 13 pequeñas islas (motus) repletas de cocoteros que, junto a la barrera de coral, rodean un lagoon azul turquesa.

Llegamos poco después del amanecer, e inicialmente pensamos que no podríamos fondear, la zona a sotavento de menor profundidad que indicaba la cartografía estaba en medio de una fortísima rompiente. Recorrimos el arrecife hacia el sur, con la esperanza de encontrar algún punto adecuado, aunque fuera pasando un cabo a una roca del fondo marino. Al rato divisamos una boya en su extremo sudeste, pero estaba ocupada por una pequeña lancha.

Tuvimos suerte, llegó un catamarán que amablemente nos dejó el sitio, quedando en una excelente y segura posición.

La motivación de ver aquel espectacular paisaje no nos dejó ni un segundo para pensárnoslo, nos faltó tiempo para lanzarnos bajo el agua o explorar el motu más cercano.

Como siempre, franquear la barrera de coral tiene su truco, pero encontramos una zona accesible que a partir de ese momento se convirtió en nuestra puerta de entrada a un mundo de aguas cristalinas, islas desiertas, playas de arena blanca y verdes cocoteros que parecen complementar la decoración.

No hemos parado en estos días, un entorno así incita a la actividad: buceo, paseos por la playa, baños, excursiones a las islas, pesca submarina, remo con kayak e incluso un poco de kitesurf. Jose Carlos es un maestro de este deporte, y yo voy aprendiendo con sus consejos. El lugar es ideal, partiendo de una barra de arena en el interior del lagoon, rodeado de aguas someras color turquesa, ¿quién no se anima así?

Durante el regreso de la sesión de kite tuvimos un pequeño susto. Navegar con la auxiliar por el interior es navegar por un laberinto de cabezas de coral, hay que ir buscando los pasillos y a veces no los hay, por lo que toca descender, levantar motor y arrastrar la lancha a mano. Para ahorrar camino tratamos de salir al exterior por un lugar diferente, desde la distancia se veía factible. Cuando nos acercamos lo vimos un poco más complicado, pero a pesar de ello decidimos intentarlo.

En este caso, superar la barrera de coral es un ejercicio de sincronización con las olas, el agua baja, dejando la plataforma de coral al descubierto como medio metro, o sube, cubriéndolo 20-30 cm. Esto implica unas corrientes fortísimas en ambos sentidos, y una rompiente en la transición. Tras un primer intento, en el que casi volcamos, decidimos desistir, pero cuando nos retirábamos la resaca no nos lo quiso poner fácil. La corriente vaciante era tan fuerte que no pudimos sujetar la lancha, nos la arrancó literalmente de las manos, visto lo visto, la única opción fue saltar sobre ella y hacer lo que se pudiera, sin saber lo que iba a pasar, a tumba abierta.

Si os digo la verdad, todavía no sé cómo, pero milagrosamente conseguimos salir, durante un segundo pensé que no lo conseguíamos y que nos destrozaría sobre el coral (el revolcón sobre un arrecife es como meterse en el centrifugado de una lavadora repleta de cuchillas de afeitar), pero hubo una fracción en que pudimos bajar motor, arrancar y acelerar a toda velocidad.

Salvo este pequeño incidente, que nos recuerda que permanentemente estamos en manos del mar, todo ha sido tranquilidad y disfrute, la meteorología nos ha acompañado muy favorablemente.

Me pasaría horas describiéndoos los colores, los paisajes y la riqueza de la vida subacuática, que parecía un acuario, pero mejor os voy a emplazar a ver las fotografías, por aquello de que una imagen vale más que mil palabras.

Sin embargo, hay una que si voy a destacar, porque no creo que la hay podido captar con la suficiente calidad. No sé si os habéis fijado en la luna estos días, esta preciosa, redonda y muy luminosa. Sale muy temprano, aquí sobre las 18 horas, durante el ocaso, justo después de la puesta de sol, pero cuando todavía queda un poco de su luz. Verla aparecer por encima de los cocoteros, con el agua y la playa iluminada por una tenue y rojiza claridad, ha sido una de las escenas más bonitas que he visto en mi vida, durante un buen rato me he quedado embobado sin poder dejar de mirar fijamente; ha sido uno de esos momentos mágicos que desearías que nunca acabaran y compartir con alguien muy especial…

Tras la bucólica visión hemos reemprendido la navegación, rumbo a Maupiti, otra de las perlas de Pacífico, situada en las Islas de la Sociedad de sotavento. La distancia es de unas 160 millas, por lo que calculamos llegar el lunes a primera hora de la mañana.

Sed felices.

Kike

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