Día 403 (22/12/2010): El faro del fin del mundo

A primera hora comenzamos con los preparativos, la mañana era muy fría y llovía, el viento soplaba de la entrada con 20-25 nudos de intensidad, pero comparado con el de los días anteriores nos pareció una suave brisa. Nos apoyamos con la auxiliar para liberarnos de la boya y largar amarras, todo salió fácil.

Pusimos proa al estrecho paso y entre las montañas fuimos saliendo de Puerto Parry, por más que lo hubiese visto no me cansaba de contemplar el entorno. Una vez en mar abierto bordeamos la Isla Observatorio y arrumbamos directamente al Cabo San Juan, el extremo más oriental de la Isla de los Estados. Navegamos a vela con un viento del Noroeste moderado y un mar bien formado.

Iniciada la tarde echábamos el ancla en el fondeadero interior de la bahía que conforma Puerto San Juan del Salvamento, aunque puerto no hay ninguno, a simple vista no se distingue ningún vestigio de presencia humana en los alrededores. Suaves colinas de vegetación muy baja lo protegen, siendo muy tranquilo y prácticamente abrigado de todos los vientos. Un autentico bosque de inmensas algas crea una barrera hasta la orilla, el barco se quedó prácticamente en el borde, maniobramos con mucha precaución para no engancharlas con la hélice o que taponaran de nuevo la admisión de agua.

Ni siquiera el fueraborda pudo superar las plantas subacuáticas, acabamos levantándolo y remando para ganar tierra, no había manera.

Una vez en la playa de piedra exploramos en una y otra dirección tratando de localizar un camino o senda que nos condujera al cementerio y las ruinas del antiguo penal, que operó entre 1884 y 1899, ni rastro. Cuando ya casi nos dábamos por vencidos detectamos un pequeño claro en el bosque con una cruz y un ancla, muy cerca del agua, pero casi cubierto por la vegetación, era el cementerio, allí había una placa conmemorativa. Un poco más adentro encontramos un conjunto de cruces blancas sobre montículos, aquel fue el lugar en el que enterraban a los que debían caer como moscas, solo de pensarlo se te ponía la piel de gallina, y eso que estamos en verano y vamos bien equipados, no quiero ni imaginar cómo debía ser pasar allí un invierno. Continuamos hacia el interior tratando infructuosamente de encontrar algún vestigio del penal, pero la naturaleza se había encargado de borrar cualquier huella del drama del que a buen seguro fue testigo, bosque cerrado y arbustos nos cerraban el paso, no tenía sentido seguir sin saber cómo encontrarlo, regresamos a la playa.

Levamos ancla y nos dirigimos a la parte exterior de la bahía, en ella hay una caleta próxima a la ubicación del Faro del Fin del Mundo, el que inspiró la novela de Julio Verne y también dio origen a una película. Se llamaba así por motivos obvios, durante un tiempo fue una referencia fundamental para la navegación por los mares del Cabo de Hornos, sirviendo como indicación del Cabo San Juan, y por lo tanto el extremo oriental de la Isla de los Estados, facilitando que la bordearan sin encallar en sus traicioneras aguas los barcos que evitaban el peligroso estrecho de Le Maire y que querían alcanzar el Océano Pacífico desde el Atlántico o viceversa.

De nuevo hubo que bajar a tierra a remo por una nueva barrera de algas, una vez allí encontramos la senda, esta vez bien definida, que lleva a la reconstrucción del antiguo faro. Casi una hora de marcha hasta llegar, tuvimos la sensación de estar en un lugar histórico, testigo de excepción de innumerables sucesos. La réplica, aunque dotada sistema de iluminación, es más bien un refugio que alberga objetos originales, testimonios del paso de visitantes y medios básicos de subsistencia ante una emergencia. Oteando el entorno desde su exterior casi podía imaginar los momentos de acción de la novela, que releí para la ocasión.
No demoramos en regresar al Bahari, queríamos zarpar con luz para salir de allí y bordear el cabo, zona de fuertes corrientes. A las 21 horas estábamos en ruta, abandonábamos la Isla de los Estados, un lugar peculiar del que guardaremos recuerdos de todo tipo, la bella y la bestia en uno solo.

Un grupo de focas se nos unieron en comitiva desde antes de llegar a mar abierto, era gracioso verlas nadar en formación, dando saltos como si de delfines se tratara, lo estaban pasando en grande persiguiéndonos, aunque siempre se mantenían a una distancia prudencial.

En el momento pasábamos al través el Cabo San Juan vimos una inmensa rompiente en el horizonte, similar a cuando enormes olas impactan sobre un arrecife, pero según la carta allí no había nada, debía estar provocada por un cruce de corrientes o el efecto del viento contra una de ellas. Amenazadoramente la rompiente se fue acercando, hasta que nos alcanzó, un muro de agua mucho más alto que el bimini se alzó en nuestra popa y rompió violentamente sobre la cubierta, el agua casi entra dentro, menos mal que la bañera es muy abierta y la desalojó casi inmediatamente. Por suerte Jose Carlos estaba en ese momento al timón y pudo controlar el barco, tomando rumbo de fuga del mar encolerizado que seguía a las rompientes. A parte del susto no tuvimos mayor problema, pero constatamos de nuevo que por estas latitudes viento y mar se comportan de forma violenta y extraña.

Mañana os sigo contando.

Sed felices.

Kike

4 Comments

  • Primo, se que lo que os gusta realmente es estar en mar abierto, pero estas excursiones son fantasticas.
    NOTA: «El faro del fin del mundo», vosotros si que estais en el fin del mundo…

  • Hola chicos…
    Aunque desde la paz y tranquilidad de Valencia, en estos dias de navidad y encuentro de la familia,deciros que me dais una envidia tremenda… menudo viaje os estais dando.
    Imagino que por las fechas tendreis morriña de casa y familia, pero las experiencias que estais viviendo(y contandonos) son tan estupendas que alguno de nosotros querriamos estar alli en vez de aqui.
    asi que solo me queda felicitaros las fiestas desde la distancia y desearos para el año que viene los mejores vientos para que la travesia sea tan genial como hasta ahora.
    Un fuerte abrazo desde Valencia y sabed que estamos con vosotros acompañandoos a cada milla recorrida.
    Vicente… Rijo.

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