Días 207 a 209 (9 al 11/6/2010): La cara y la cruz de la Guayana Francesa

(NOTA: debido a un fallo técnico no se publico la entrada de los dias 197 a 201, además de un problema en la numeración, supongo que cuando leais esto ya estará todo solucionado y ordenado cronológicamente)

Hacia las 2 de la tarde del miércoles (hora local), llegábamos al puerto de Degrad des Cannes. La entrada se realiza a través de un largo canal balizado (9 millas), que posteriormente entra dentro del rio Mahury. En esta zona la plataforma continental desciende muy suavemente desde la costa, 1 metro por kilómetro; este hecho, y el continuo aporte de los ríos, hace que se trate de aguas muy bajas, de modo que solo es posible aproximarse a la costa en puntos muy concretos y bien mantenidos, de hecho hemos observado que una draga trabajaba permanentemente para permitir la entrada de buques de carga.

A medida que nos íbamos acercando a tierra el paisaje mostraba la realidad del lugar, frondosa vegetación ecuatorial por doquier y unos tímidos rasgos de civilización en lugares concretos. Hay que tener en cuenta que la Guayana Francesa, territorio de ultramar de nuestro país vecino, con una superficie similar a Portugal no tiene más de 250.000 habitantes, que se concentran en núcleos de su franja costera, en el interior no hay más que jungla y algunos buscadores de oro brasileños, que parece que de vez en cuando tienen suerte, puesto que se exportan varios cientos de toneladas de oro al año.

Inocentes de nosotros pensábamos llegar a un país europeo, donde encontraríamos todo aquello que necesitáramos, la realidad ha sido bien distinta. Nuestra primera impresión de Degrad des Cannes no fue muy buena, un agua turbia y casi negra, un pequeño puerto comercial al principio y posteriormente un par de pontones, dejados de la mano de Dios, en la que se amontonan como una piña una treintena de veleros, la mayoría de ellos oxidados, desvencijados y con aspecto de no haber navegado en años, se diría un cementerio de barcos. Todo ello está ubicado en el rio, en medio de la nada, rodeado casi de selva, con sus correspondientes mosquitos como helicópteros y sonido permanente de aves.

Como no había ningún amarre disponible nos disponíamos a fondear, pero el tripulante de un velero nos indico que podíamos cogernos a una boya cercana. Tratando de no dejarnos llevar por las apariencias y con optimismo nos dispusimos a montar la auxiliar para bajar y comenzar con nuestras gestiones.

Nuestro primer contacto fue con Lorain, un francés con aspecto hippy que llevaba allí varios meses en un viejo y destartalado barco, él nos puso al día del lugar al que habíamos ido a parar. Imposible encontrar ningún material de los que necesitábamos, y menos Dacron para reparar las velas, por supuesto ningún tipo de servicio a la náutica. En las proximidades ningún comercio, restaurante, acceso internet, oficinas de la marina, etc. En resumen, no había nada, para todo había que ir a la ciudad, Cayenne, situada a 20 Km, pero para complicar un poco las cosas, no hay ningún medio de transporte, y para rematarlas el jueves era festivo, el día en que conmemoran la abolición de la esclavitud, el viernes la mayoría harían puente, y sábado y domingo todo cerrado, así que hasta el lunes dudaba que pudiéramos hacer algo. A medida que hablábamos con él nuestra angustia y desesperación iba aumentando, ¿qué íbamos a hacer?, quedarnos allí una temporada larga a esperar que nos enviaran cosas era un panorama que no nos apetecía ni lo más mínimo, además, para estar en Fortaleza antes de fin de mes no teníamos más que un par de días de escala, había que intentar hacer lo que pudiéramos ese mismo día, pero ya eran casi las 3 según nuestro reloj, y los comercios allí cierran pronto.

Casi a la carrera nos lanzamos al parking, sin saber todavía muy bien dónde ir, porque estábamos en una situación de las de concurso de televisión, teníamos que hacer los trámites de entrada al país, pero claro, si íbamos primero a esto no tendríamos tiempo de ir a DHL a recoger la antena de radar que nos habían enviado, aunque por otro lado sin los documentos de entrada igual no nos la entregaban. Además de todo esto necesitábamos comprar comida y gasoil, y no teníamos idea de donde, como ir y como volver, teniendo en cuenta la hora de cierre.

Ante tantas incertidumbres lo mejor es ir a las bases y priorizar por importancia y probabilidad de poderlas conseguir en un festivo, así que decidimos ir primero a por la antena, luego ya veríamos. Como caídos del cielo cuando llegamos al parking un grupo de personas se dirigía a un coche, afortunadamente hablo francés, y me dirigí a ellos para explicarles nuestro problema, se ofrecieron a llevarnos a las oficinas de DHL, luego tendríamos que volver andando, pero no estaban lejos, unos 3 Km.

Llegamos a unas rudimentarias oficinas perdidas en un pequeño y aislado polígono industrial escasamente ocupado, al preguntar por nuestro envío nos indicaron que lo habían recibido, pero que no nos lo podían entregar porque el transitario aun no había recogido los papeles ni lo había pasado por aduanas. Bien, ¿y qué podemos hacer para acelerarlo? pregunté. Poco, porque queda menos de un cuarto de hora para cerrar, me respondió la amable señorita. No era posible, además de todo lo que os he contado hasta ahora teníamos mal la hora, la oficial era una más que la de nuestros relojes, casi las 4, hora de cierre de empresas y comercios, estaba todo perdido, no había nada que hacer, esta vez nuestra buena estrella habitual nos había abandonado para ponernos las cosas difíciles, casi a punto de resignarme empecé a pensar que tendríamos que pasar una larga temporada en aquel lugar situado donde Cristo perdió el gorro y por lo tanto no llegaríamos a tiempo a Fortaleza.

Pero no hemos recorrido medio mundo, sorteando temporales, arrecifes y dificultades para doblegarnos a las primeras de cambio, así que volví al ataque, la esperanza es lo último que se pierde. Armado con la mayor cara de pena que fui capaz de poner y empleando todas mis dotes de convicción traté de conseguir que me diera los papeles, yo iría personalmente al transitario y trataría de obtener lo que necesitaba para entregarnos la mercancía, accedió, y además nos esperaría un rato. Casi a la carrera nos dirigimos a las oficinas del transitario, que afortunadamente no estaba muy lejos, una vez allí la misma historia, porque evidentemente a 5 minutos de cerrar y con ritmo de trabajo tropical, nadie se afana en resolver tu problema, el chico que nos atendió nos miro con cara de pez, indicándome que era muy complicado porque había que preparar y enviar la documentación, a la vez que esperar la respuesta de la aduana, pero también lo conseguimos. In extremis volvimos a DHL y la señorita nos estaba esperando, los documentos eran correctos, cuando nos entregó la caja casi se me saltan las lágrimas de alegría, no lo podía creer, íbamos a tener radar y todo, primera prueba superada.

Los más de 3 kilómetros andando con el voluminoso paquete no se nos hicieron largos, fuimos comentando la estrategia, conseguiríamos como fuera algo de comida, volveríamos a montar el génova enrollable, a pesar de estar muy deteriorado igual aguantaba si solo lo usábamos con vientos suaves, y si no pues que reventara definitivamente, por si acaso cargaríamos todo el gasoil que pudiéramos. Con esto al día siguiente nos lanzaríamos al mar, y que fuera lo que Dios quisiera, de un modo u otro llegaríamos.

Dejamos la antena en el barco y de nuevo nos dirigimos la parking a intentar encontrar a alguien que nos llevara a la ciudad, ya nos buscaríamos la vida para volver. En esta ocasión no había nadie en los coches, así que empecé a preguntar a todo el mundo que veía, en primer lugar una furgoneta que recogía las capturas de los pescadores, nada, y en segundo a un coche que en la rampa sacaba una pequeña lancha de pesca del agua, estos últimos nos podían dejar frente a un supermercado. Subimos al vehículo y conocimos a Bernard y Rodolphe, nativos del lugar de mediana edad que habían disfrutado de una muy buena tarde de pesca. Resultaron ser extremadamente acogedores y simpáticos, buena gente, hasta el punto de que antes de llegar al supermercado ya nos habían invitado a cenar con ellos esa noche, se iba a reunir un grupo de amigos a comer lo que habían pescado, sin pensarlo aceptamos. ¿Cómo no? cuando entramos al comercio faltaban 15 minutos para cerrar, así que como parecía ser la tónica del día, superamos nuestra siguiente prueba a la carrera. Al rato nuestros nuevos amigos se pasaron a por nosotros y nos dirigimos a casa del Bernard, donde tendría lugar la reunión. Fuimos 11 a la mesa, además del propietario de la vivienda y dos de sus hijos, 3 amigos con sus respectivas esposas y nosotros. El menú, pescado cocido en caldo que se comía con una especie de sémola, llamada cuac, muy bueno a decir verdad. Además de la cena tuvimos una muy agradable conversación, uno de los temas estrella fue evidentemente nuestro viaje y sus anécdotas, aunque también pudimos charlar ampliamente de la vida en la Guayana Francesa y su problemática, aprendimos muchas cosas muy curiosas del lugar, además de que no es evidente la vida a más de 10.000 kilómetros de la metrópolis, todo resulta caro y complejo. Nos sentimos realmente como en familia, nos acogieron de un modo tan natural y generoso que resultaba difícil pensar que nos habían recogido del muelle hacia unas horas, que gente tan estupenda. Al acabar la cena y la tertulia nos llevaron a la marina.

A nuestra llegada nos encontramos con Lorain, cuando le contamos lo sucedido nos preguntó acerca de nuestros amigos ¿eran blancos o de color? casi no supe que responder, tuve que pensarlo, me habían resultado tan cercanos que ni me había fijado en el color de su piel, eran todos de color, pero, ¿y qué importa eso? Se trataba de personas maravillosas y punto.

Al día siguiente Bernard nos llamó, decía que no podíamos irnos de allí sin al menos ver Cayenne, se ofrecía a hacernos de guía turístico, además nos llevaría a una gasolinera a por el gasoil, porque dudaba que pudiéramos resolverlo de otro modo. En una hora se presento con su pick-up, donde pudimos cargar todos los bidones para repostar.

Cayenne es una ciudad pequeña y austera, pero que mantiene un sabor a colonia del nuevo mundo en multitud de sus rincones, su arquitectura, el trazado de sus calles, sus edificios administrativos o militares, todo evoca al origen de aquella comunidad y su dependencia del estado Francés. Otra cosa destacable es la fuerza imparable de la vegetación ecuatorial, numerosas playas que rodeaban la ciudad se han sido invadidas por la maleza, de modo que resulta difícil de creer que a unos metros, detras lo que parece la jungla, está el mar. Tras un buen recorrido por el centro urbano y sus lugares más significativos nos ofreció comer con unos de los amigos de la noche anterior, luego iríamos a por el gasoil. Antes pasamos por casa de otro de sus amigos con objeto de que nos diera algún bidón adicional, de nuevo un recibimiento excepcional y ayuda por una familia que nos acogió con la máxima simpatía.

Compartimos una excelente barbacoa, en este caso de carne, el día anterior hubo bastante cachondeo con eso de que tras 7 días de navegación nos hubieran dado de cenar pescado. Acabamos la comida y fuimos a la gasolinera, donde cargamos 460 litros de gasoil, junto con lo que teníamos en el barco sumaba más de 600 litros, eso debería bastar.

De nuevo en la marina nos recibía una abundante lluvia que duraría toda la noche, enseñamos el barco a Bernard y nos despedimos del que ha sido una especie de ángel de la guarda durante nuestra estancia en la Guayana. Como consecuencia de la lluvia y la hora decidimos retrasar nuestra salida al día siguiente.

Nos levantamos temprano, montamos el radar, cosimos unos cuantos patines rotos de la mayor, montamos el génova, estibamos el gasoil y preparamos todo para nuestra salida, ya solo nos quedaba esperar a la marea alta para zarpar, de modo que no encontráramos poco calado en algunos lugares y la corriente fuera a favor en lugar de contraria. No se hizo esperar mucho, tras comer y un poco de descanso nos pusimos en marcha, a las 15:30 hora local (teniendo en cuenta que la hora oficial es GMT-3, 5 horas menos que en el actual horario de la Península Ibérica).

Contentos con el balance de nuestra estancia en ese curioso lugar, nos vamos con el convencimiento que posee una autentico tesoro, y no me refiero al oro de las tierras altas, si no a su gente.

Sed felices.

Kike

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